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PENSAMIENTO.

Cuando en el mundo se desea agradar, hay que resignarse a dejarse enseñar muchas cosas, que se saben, por personas que las ignoran.

EN LAS PELÍCULAS...

En las películas basta una mirada o una tenue insinuación, para que dos desconocidos terminen haciendo el amor en un elevador o en cualquier pensión de mala muerte. Por eso elegí una mesa de esta cafetería de señoras cursis, para mirar con lánguida insistencia a las desconocidas que más me gustan. Al principio no me hacían caso y más de una se marchó ofendida, pero después de tantos años de venir todas las tardes, ahora son ellas las que me devoran con los ojos.  Especialmente desde que corrió el rumor de que sólo soy un casto anciano que enloqueció de amor, cuando su novia murió atropellada antes de entrar a la cafetería. No sé cómo empezó todo, pero he terminado convertido en una leyenda urbana y sentimental. Mejor, porque en realidad me excita que me rebañen con la mirada, que fantaseen con mi vida y que me regalen sus poemas guarros. De joven me hubiera gustado acostarme con cualquiera de esas desconocidas, y ya de viejo me basta con saber que podría tirármelas a todas.
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ACTUAR LA MUERTE.

Un hombre se tiró por el balcón delante de un grupo de amigos. Uno de ellos alcanzó a sujetarlo de una mano. Haciendo un esfuerzo descomunal, el suicida se izó lo suficiente como para morder la mano que lo sos­tenía y deslizarse definitivamente hacia el vacío. Esto no es un cuento. Este hombre, que era actor, tuvo el valor de luchar por su propia muerte, pero no el de matarse sin espectadores.

ARTE Y VIDA.

En el bar se me acercó uno de mis lectores. Comentó que un relato mío —el de seis bebés decapitados por su madre— lo tenía preocupado; quería saber si se trataba de un hecho real. "Naturalmente", le respondí. "Gracias al cielo", respondió aliviado y agregó: "Sería espantoso que la mente humana fuese capaz de inventar algo tan abominable".
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FEBRERO.

Al llegar al puente, le entregó el ramo de flores a Claudia. Mario, nervioso, miraba todos los lugares posibles, menos sus ojos. Claudia, por su parte, no retiraba la mirada del ramo. “Hay una abeja”, le dijo. Mario sacudió la rosa y el insecto salió volando. Claudia cogió el ramo. Se fueron agarrados de la mano a un café. Allí se besaron y se acariciaron. Se dijeron algunas palabras bonitas. Luego, fueron al cine, colocándose en las filas de atrás para jugar con sus manos. Tomaron una copa y se despidieron. Claudia miró el reloj. Este marcaba las 00:05. Se acercó al contenedor de basura y tiró el ramo. Ya se había acabado el día de los enamorados.