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CARNE REBOZADA.

La cena se enfriaba en la mesa y nuestro vecino seguía igual. Desnudo, subido en una silla y con una soga al cuello. A veces, bajaba y deambulaba cabizbajo por la habitación. De aquí para allá. De allá para aquí. Luego volvía a subirse, se anudaba la cuerda y colocaba los pies en el filo. Así llevaba toda la tarde. Nosotros, desde la ventana, lo observábamos expectantes. Papá decía que sí. Mamá decía que no. Pero el hombre, que si sí, que si no, no se decidía nunca. Al final, corrimos las cortinas y nos sentamos a la mesa. La carne rebozada fría no vale nada.

GATOS POR LA VENTANA.

A ella, estaba claro, le gustaban los chicos malos que le tocaban el culo, escribían poemas de amor y tiraban gatos por la ventana. Aunque ahora es una musa célebre y procura guardar las apariencias. Viste en boutiques. Veranea en Saint-Tropez. Y bebe champán francés. Siempre fue muy coqueta, caprichosa y ligera de cascos. Sin embargo, desde que inspira best-sellers apenas frecuenta los cabarets. Y no se acuesta con poetas. Conmigo suele hacer una excepción. Le divierte recordar viejos tiempos. Luego, desaparece. Y me deja su ausencia y la nevera vacía. Yo, mientras espero que vuelva, sigo tirando gatos por la ventana. Pero ya nunca caen de pie.