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BUSERO.

Frena el bus. El cristal vibra y afuera el mundo resbala, irrepetible, hacia el otoño. Junto a mí una estudiante repasa la lección de biología. En sus manos minúsculas y frágiles laten las mismas venas que en las láminas y repite su boca, como un salmo, negros nombres de vísceras que suenan a promesas de amor y podredumbre. Frena el bus y mi cuerpo sueña hacerse lección entre sus labios.

VIEJO CAMARERO.

Una chica dormita sobre un libro. Bajo la blanca blusa el jardín infinito de la carne. Primavera perpetua, joya lejana y líquida que no arderá jamás en estas manos que aguantan, temblorosas, la bandeja cargada de cafés y decepciones.