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CONSUELO.

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa  a dónde vaya en este roto tiempo. Ya no es mi amor: el  que quiera puede hablarle. Ya no se acuerda: ¿quién en  verdad le amó?  Mi amor busca su semejanza en la promesa de las  miradas. El espacio que recorre es mi fidelidad. Dibuja  la esperanza y en seguida la desprecia. Prevalece sin  tomar parte en ello.  Vivo en el fondo de él como un resto de felicidad.  Sin saberlo él, mi soledad es su tesoro. Es el gran meridiano  donde se inscribe su vuelo, mi libertad lo vacía.  Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa  a dónde vaya en este roto tiempo. Ya no es mi  amor: el que quiera puede hablarle. Ya no se acuerda:  ¿quién en verdad le amó y le ilumina de lejos para que  no caiga?

BIENVENIDA.

¡Ojalá vuelvas a tu desorden, y el mundo al suyo. La asimetría  es juventud. No se mantiene el orden más que el tiempo que se tarda en odiar su carácter de mal. Entonces se avivará en ti el deseo del porvenir, y cada peldaño de tu escalera desocupada y todos los rasgos inhibidos de tu vuelo te llevarán, te elevarán con un mismo sentimiento gozoso. Hijo de la oda ferviente, abjurarás del gigantesco enmohecimiento. Los solsticios cuajan el dolor difuso en una dura joya adamantina. El infierno a su medida que se habían esculpido los limadores de metales volverá a bajar vencido a su abismo. Delante del olvido nuevo, la única nube en el cielo será el sol.  Mintamos esperanzados a quienes nos mienten: que la inmortalidad inscrita sea a la vez la piedra y la lección. 

CENTON.

¿Buscáis mi punto débil, mi falla? ¿Su conocimiento os permitiría tenerme a vuestra merced?  Pero, agresor, no veis que soy el centro de un blanco y que tu exiguo cerebro se agota entre mis rayos expirados?  No tengo frío ni calor: gobierno. No obstante no tendáis demasiado la mano hacia el centro de mi poder. Hiela, quema... Echaríais a perder esa sensación.  Amo, capturo y termino en alguien. Soy dardo y doy a beber claridad al prisionero de la flor. Tales son mis contradicciones, mis servicios.  En aquel tiempo, yo sonreía al mundo y el mundo me sonreía. En aquel tiempo que nunca fue y que leo en el polvo.  Aquellos que miran sufrir al león en su jaula se pudren en la memoria del león.  Al rey que un corredor de quimeras alcanza, le deseo la muerte.

Remanencia.

¿Qué te hace sufrir? Como si se despertara en la casa sin ruido  el ascendiente de un rostro al que parecía haber fijado un agrio espejo. Como si, bajadas la alta lámpara y su resplandor encima de un plato ciego, levantaras hacia tu garganta oprimida la mesa antigua con sus frutos. Como si revivieras tus fugas entre la bruma matinal al encuentro de la rebelión tan querida, que supo socorrerte y alzarte mejor que cualquier ternura. Como si condenases, mientras tu amor está dormido, el pórtico soberano y el camino que lleva a él. ¿Qué te hace sufrir? Lo irreal intacto en lo real devastado. Sus rodeos aventurados cercados de llamadas y de sangre. Lo que fue elegido y no fue tocado, la orilla del salto hasta la ribera alcanzada, el presente irreflexivo que desaparece. Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.