La cita.
Yo no me detendré; y tú camina como si no nos conociésemos. Las confusas voces y las difíciles señales de la ciudad, me turban; por los ojos de los demás y por los espejos, me descubre la muerte y me hace preguntas. Mujer, anda, al otro lado del carril hay que emprender el descenso. Sigue, entonces, el recodo. Pasado el puente de piedra, atajo arriba. No tuerzas a mano izquierda hasta que encuentres el recinto plantado de cipreses vivos y de cruces muertas. Quizá yo te haya adelantado; si no, espérame. Y no sentada, de pie, entera, vertical, no como los demás. Nos cuadraría un cielo bien alto, un mediodía despejado por el viento de los grandes viajes. La noche es harto piadosa. Y con tantas estrellas ilusiona. Mujer, la vida es moda, ya lo sabes. Desde hoy se impone la escondida manera de la desnudez hacia la línea ósea hasta el polvo primero y último. Desprevenidos y decepcionados, despidámonos y desmemoriémonos con nulos gestos de mármol. La gravedad es...