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Serenata.

Como la voz de un muerto que cantara  desde el fondo de su fosa,  amante, escucha subir hasta tu retiro  mi voz agria y falsa.  Abre tu alma y tu oído al son  de mi mandolina:  para ti he hecho, para ti, esta canción  cruel y zalamera.  Cantaré tus ojos de oro y de onix  puros de toda sombra,  cantaré el Leteo de tu seno, luego el  de tus cabellos oscuros.  Como la voz de un muerto que cantara  desde el fondo de su fosa,  amante, escucha subir hasta tu retiro  mi voz agria y falsa.  Después loare mucho, como conviene,  A esta carne bendita  Cuyo perfume opulento evoco  Las noches de insomnio.  Y para acabar cantaré el beso  de tu labio rojo  y tu dulzura al martirizarme,  ¡Mi ángel, mi gubia!  Abre tu alma y tu oído al son  de mi mandolina:  para ti he hecho, para ti, esta canción  cruel y zalamera.  

Lasitud.

Encantadora mía, ten dulzura, dulzura... alma un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional; la amante, a veces, debe tener una hora pura y amarnos con un suave cariño fraternal. Sé lánguida, acaricia con tu mano mimosa; yo prefiero al espasmo de la hora violenta el suspiro y la ingenua mirada luminosa y una boca que me sepa besar aunque me mienta. Dices que se desborda tu loco corazón y que grita en tu sangre la más loca pasión; deja que clarinee la fiera voluptuosa. En mi pecho reclina tu cabeza galana; júrame dulces cosas que olvidarás mañana y hasta el alba lloremos, mi pequeña fogosa.

Tú crees en el ron del café, en los presagios.

Tú crees en el ron del café, en los presagios, y crees en el juego; yo no creo más que en tus ojos azulados. Tú crees en los cuentos de hadas, en los días nefastos y en los sueños; yo creo solamente en tus bellas mentiras. Tú crees en un vago y quimérico Dios, o en un santo especial, y, para curar males, en alguna oración. Mas yo creo en las horas azules y rosadas que tú a mí me procuras y en voluptuosidades de hermosas noches blancas.   Y tan profunda es mi fe y tanto eres para mí, que en todo lo que yo creo sólo vivo para ti.

Soñé contigo esta noche.

  Soñé contigo esta noche: Te desfallecías de mil maneras y murmurabas tantas cosas... Y yo, así como se saborea una fruta te besaba con toda la boca un poco por todas partes, monte, valle, llanura. Era de una elasticidad, de un resorte verdaderamente admirable: Dios... ¡Qué aliento y qué cintura! Y tú, querida, por tu parte, Qué cintura, qué aliento y Qué elasticidad de gacela... Al despertar fue, en tus brazos, pero más aguda y más perfecta, ¡ exactamente la misma fiesta !.

Mi sueño.

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Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante de una mujer ignota que adoro y que me adora, que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora y que las huellas sigue de mi existencia errante. Se vuelve transparente mi corazón sangrante para ella, que comprende lo que mi mente añora; ella me enjuga el llanto del alma cuando llora y lo perdona todo con su sonrisa amante. ¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro. ¿Su nombre? Lo imagino por lo blando y sonoro, el de virgen de aquellas que adorando murieron. Como el de las estatuas es su mirar de suave y tienen los acordes de su voz, lenta y grave, un eco de las voces queridas que se fueron...