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EL FUNERAL.

Durante un paseo, me uní a un cortejo fúnebre. Siempre anima más que vagar uno solo y sin rumbo. No sabía a quién estaban enterrando, pero ¿qué importaba? Nosotros, los humanos, formamos todos una gran familia.    Además, siempre se puede preguntar. Mi vecino de la izquierda del cortejo tampoco lo sabía.   —Voy a la tintorería a recoger un pantalón. He visto un funeral y puesto que me pilla de camino me he unido. Sólo hasta la esquina y después tuerzo.    Pregunté, pues, al vecino de la derecha.    —¿Que de quién es el funeral? Y yo qué sé, ¿acaso muere poca gente? El banco no abre hasta las nueve, así que tengo un poco de tiempo todavía.   El tercero, que caminaba unos pasos atrás, tampoco era capaz de informarme.    —Yo no soy de aquí, soy un simple turista. Pero pregunte a esa señora con velo negro, la que camina detrás del féretro. Tiene pinta de ser la viuda y debe de saberlo.   En ese momento empezó a llover y abandon...

EL SOCIO.

Decidí vender mi alma al diablo. El alma es lo más valioso que tiene el hombre, de modo que esperaba hacer un negocio colosal.  El diablo que se presentó a la cita me decepcionó. Las pezuñas de plástico, la cola arrancada y atada con una cuerda, el pellejo descolorido y como roído por las polillas, los cuernos pequeñitos, poco desarrollados. ¿Cuánto podía dar un desgraciado así por mi inapreciable alma?  —¿Seguro que es usted el diablo? –pregunté.  —Sí, ¿por qué lo duda?  —Me esperaba al Príncipe de las Tinieblas y usted es, no sé, algo así como una chapuza.  A tal alma, tal diablo –contestó–. Vayamos al negocio. 

LA PRECAUCIÓN.

No me gusta marcharme el último. Por eso siempre estoy pendiente de cuántos vamos quedando en la barra. Cuando veo que sólo dos, me vuelvo a casa. La tristeza de un bar solitario después de medianoche se la dejo a otro. Acababa de marcharse el tercer cliente y, aparte de mí, sólo quedaba ya un gordo. Entregué un billete al camarero. —No tengo cambio ­—me dijo­—. ¿No tiene usted para cambiarme? ­—se dirigió al gordo. Éste no contestó. —Está borracho ­—le dije al camarero. —Me parece que es algo peor que eso ­—dijo el camarero observando al gordo­—. Creo que está muerto, habrá que llamar a un médico. Desde entonces me marcho cuando en la barra quedamos tres. Toda precaución es poca.