Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como angel gonzalez muñiz

Nada es lo mismo.

Olvidemos  el llanto  y empecemos de nuevo,  con paciencia,  observando a las cosas  hasta hallar la menuda diferencia  que las separa  de su entidad de ayer  y que define  el transcurso del tiempo y su eficacia. ¿A qué llorar por el caído  fruto,  por el fracaso  de ese deseo hondo,  compacto como un grano de simiente? No es bueno repetir lo que está dicho.  Después de haber hablado,  de haber vertido lágrimas,  silencio y sonreíd: Nada es lo mismo.  Habrá palabras nuevas para la nueva historia  y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.

Esperanza.

Esperanza,  araña negra del atardecer.  Tu paras  no lejos de mi cuerpo  abandonado, andas  en torno a mí,  tejiendo, rápida,  inconsistentes hilos invisibles,  te acercas, obstinada,  y me acaricias casi con tu sombra  pesada  y leve a un tiempo.  Agazapada  bajo las piedras y las horas,  esperaste, paciente, la llegada  de esta tarde  en la que nada  es ya posible...  Mi corazón:  tu nido.  Muerde en él, esperanza.

A veces.

Escribir un poema se parece a un orgasmo: mancha la tinta tanto como el semen, empreña también más en ocasiones. Tardes hay, sin embargo, en las que manoseo las palabras, muerdo sus senos y sus piernas ágiles, les levanto las faldas con mis dedos, las miro desde abajo, les hago lo de siempre y, pese a todo, ved: ¡no pasa nada! Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo: "Lo digo y no me corro". Pero él disimulaba.

A mano amada.

A mano amada, cuando la noche impone su costumbre de insomnio y convierte cada minuto en el aniversario de todos los sucesos de una vida; allí, en la esquina más  negra del desamparo, donde el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras, los recuerdos me asaltan. Unos empuñan tu mirada verde,                                                                    otros apoyan en mi espalda el alma blanca de un lejano sueño, y con voz inaudible, con implacables labios silenciosos, ¡el olvido o la vida!,                                           me reclaman. Reconozco los rostros.                                   ...

Todos ustedes parecen felices.

...Y sonríen, a veces, cuando hablan. Y se dicen, incluso, palabras de amor. Pero se aman de dos en dos para odiar de mil en mil. Y guardan toneladas de asco  por cada milímetro de dicha. Y parecen -nada más que parecen- felices, y hablan con el fin de ocultar esa amargura inevitable, y cuántas veces no lo consiguen, como no puedo yo ocultarla por más tiempo; esta desesperante, estéril, larga ciega desolación por cualquier cosa que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.