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FAN.

Parecía imposible, pero Elvis se encontraba allí, delante de mí, haciendo cola en la caja de aquel supermercado. Aunque iba camuflado con unas gafas de sol y una enorme barba gris, hubiera reconocido su rostro incluso bajo un pasamontañas. Le seguí hasta los aparcamientos y, mientras vaciaba el carro de la compra en su maletero, lo abordé. Naturalmente, negó ser Elvis, pero yo le arranqué la barba de un tirón. Como imaginaba, era postiza. «Entonces, no es una leyenda», exclamé. «¡Estás vivo!» Esa noche bebimos hasta hartarnos. Elvis lo pasó en grande, e incluso interpretó algunos compases de Love me tender, aunque, por la edad, ya desafinaba un poco. Cuando empezó a amanecer, me mostró una navaja medio oxidada que guardaba en su cazadora y me pidió disculpas por tener que matarme, ya que -explicó- necesitaba salvaguardar su incógnito. Le aseguré que lo comprendía, y que, para mí, el haber compartido una velada con él ya justificaba toda una vida. Mi cadáver se pudre ahora en una soli...

LAS PUERTAS DEL CIELO.

Nuestro líder espiritual afirmó que aquella pócima nos llevaría al encuentro de Dios. Mis hermanos fueron cayendo uno detrás de otro, con una radiante sonrisa de oreja a oreja, pero yo no dejé que la pócima humedeciera siquiera mis labios: me tiré al suelo y simulé estar muerto. Cuando llegó la policía, era el único superviviente entre los más de doscientos acólitos cuyos cadáveres anegaban el templo. Como no había cumplido aún los quince años, pude rehacer mi vida: me casé, compré una casa y un coche, tuve tres hijos. Ahora trabajo para una empresa de electrodomésticos de nueve a seis, aunque diariamente empleo dos horas en ir y venir de la oficina. Cuando me hallo en mitad de algún atasco, suelo acordarme de las sonrisas beatíficas de mis hermanos en el instante de emprender su viaje. Tal vez —pienso entonces— también yo debí haber ingerido aquel veneno.