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Palabras de la griega.

No me guardes en tu imaginación. No me pienses. Tus ojos están llenos de espléndida ponzoña. No me mires. Que mi saliva te inunde la garganta. No me asfixies. Deja de agusanar mi mente confundida. No me pudras. Guarda mis incisivos en una caja de plata pero no te arrodilles ante sus resplandores. No me reces. Que mis ropajes no sirvan de velamen a los navíos sin patria. No me rasgues. Que mis coágulos no vivan en tus uñas ni en los nudillos que derriban templos. No me maldigas. En la herida la sal halle su suerte.

Las gastadas palabras de siempre.

Déjame recordarte las gastadas palabras de siempre, los armarios que encierran la humedad de los puertos y el sabor a betel que dejas en mis labios cuando desapareces en el aire. Déjame tender tu cabello a la sombra para que la penumbra madure como el día. Déjame ser una ciudad inmensa, un bote de cerveza o el fruto desollado ante la espiga. Déjame recordarte dónde me ahogué de niño y por qué hace brillar mi sangre la tristeza. O déjame tirado en la banqueta, cubierto de periódicos, mientras la nave de los locos zarpa hacia las islas griegas.

Fantasma.

Amo las líneas nebulosas de tu cara, tu voz que no recuerdo, tu racimo de aromas olvidados. Amo tus pasos que a nadie te conducen y el sótano que pueblas con mi ausencia. Amo entrañablemente tu carne de fantasma.

Desnuda.

Desnuda eres como una calle subes, te abres, serpeas, te angostas, doblas, sigues mis pasos y desembocas.