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Mostrando las entradas etiquetadas como vicente gallego

Generación espontánea.

Este día nublado invita al odio, predispone a estar triste sin motivo, a insistir por capricho en el dolor. Y sin embargo el viento, y esta lluvia, suenan hoy en mi alma de una forma que a mí mismo me asombra, y hallo paz en las cosas que ayer me perturbaban, y hasta el negro del cielo me parece un hermoso color. Cuando no soportamos la tristeza, a menudo nos salva una alegría que nace de sí misma sin motivo, y esa dicha es tan rara, y es tan pura, como la flor que crece sobre el agua: sin raíz ni cuidados que atenúen nuestro limpio estupor.

Échale a él la culpa.

Hoy te has ido de fiesta con amigas, y sin que tú lo sepas me regalas un tiempo de estar solo que ya empieza a ser raro en mi vida, un tiempo útil para intentar pensar en ti como si fueras lo que siempre debiste seguir siendo cuando pensaba en ti: aquella persona, en todo semejante a cualquier otra, que una noche lejana tuvo el gesto generoso y extraño de entregarme su amor. Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías ridículos del otro, en implacables jueces que condenan sin pruebas y comparten sus estúpidas penas con el reo. El amor nos confunde y trata ahora de que vea en tu fiesta una traición. Por huir de esa trampa me amenazo con los nombres que cuadran al que cae en su vacío: egoísta, ridículo, inseguro, celoso... Y como un ejercicio de humildad pienso en ti divirtiéndote sola: te imagino bailando y mirando a otros hombres; al calor del alcohol confiesas a una amiga algunas cosas que te irritan de mi sin que yo lo sospeche, y por unos instantes sab...

Variación sobre una metáfora barroca.

Alguien trajo una rosa hace ya algunos días, y con ella trajo también algo de luz, yo la puse en un vaso y poco a poco se ha apagado la luz y se apagó la rosa. Y ahora miro esa flor igual que la miraron los poetas barrocos, cifrando una metáfora en su destino breve: tomé la vida por un vaso que había que beber y había que llenar al mismo tiempo, guardando provisión para días oscuros; y si ese vaso fue la vida, fue la rosa mi empeño para el vaso. Y he buscado en la sombra de esta tarde esa luz de aquel día, y en el polvo que es ahora la flor, su antiguo aroma, y en la sombra y el polvo ya no estaba la sombra de la mano que la trajo. Y ahora veo que la dicha, y que la luz, y todas esas cosas que quisiéramos conservar en el vaso, son igual que las rosas: han sabido los días traerme algunas, pero ¿qué quedó de esas rosas en mi vida o en el fondo del vaso?

Las tardes.

Ya casi no recuerdo las mañanas, su tiempo azul y claro, lejos quedan, perdidas en colegios o en piscinas extrañas e indolentes. Porque sentimos duro el despertar retrasamos ahora la luz que nos fatiga los despegados ojos. Y es un destino oscuro el de las tardes, en ellas aprendí que llegará la noche, y que es inútil cualquier esfuerzo por burlar la historia equivocada y triste de los años. He vivido en la espera absurda de la vida, cuando he gozado ha sido con reservas; amé creyendo en el amor que habría luego de venir, y que faltó a la cita, y renuncié al placer por la promesa de una dicha más alta en el futuro incierto. Pero los días, al pasar, no son el generoso rey que cumple su palabra, sino el ladrón taimado que nos miente. Con su certeza nos convierte la edad en más mezquinos, nos enseña a amar lo que nos duele, las cosas más pequeñas, aquello que ahora somos y tenemos: la música suave, nuestros cuerpos, el calor de la estancia y el cans...

Las mujeres y las armas.

Lo expresa una palabra: desencanto. Ningún dolor concreto o abandono, más bien esa actitud que a su partida el dolor nos contagia: cierta desconfianza y un asombro extraño ante la dicha. Que en el amor no sean las palabras tan sólo lo gastado, pues como en un poema que pretendo feliz y me traiciona, en él he perseguido, siempre, algún final más digno a sus comienzos. En la desposesión que se repite ya lágrimas no encuentro, una resurrección, ninguna muerte pudiera todavía emocionarme, pues somos la costumbre del fracaso. Pero yo sé que habrá, de vez en cuando, algún modesto obsequio de los días: alcohol y noches, tangos, libros, cuerpos, o quizá el verso hermoso que hoy me huye: escudo ante las llamas, armas blancas contra el devastador ejército del tiempo.

La noche en las ciudades.

A lo largo del tiempo y en diversas ciudades, he observado a esa gente que transita en la noche: bebedores anónimos, muchachitas de un día, cuarentones que regresan vencidos del amor, todos ellos buscadores sin mapa de un tesoro. Por calmar otra sed beben sin ganas, y en sus ojos he visto esas preguntas que a veces el amor supo acallar, pero muerto el amor, de regreso en la noche, en sus ojos seguían las preguntas, esas mismas preguntas que se hicieron los poetas románticos al contemplar la luna, pero también los griegos y los árabes y tantos otros cuya historia desconoce esa gente que se hace esas mismas preguntas, esas tristes preguntas que a mí me asaltan hoy ante esta copa: en la falsa moneda de la noche ¿he buscado su brillo o he buscado su sombra? ¿Qué queda de la dicha que algún sábado he creído sentir, o es que sólo existe fingimiento en la alegría? ¿Qué ciudades, qué noches, qué luces o qué sombras, qué palabras, qué cuerpos, o qué extraño cansanci...

In dubio pro reo.

Esta tarde releo mis palabras para ultimar su acento y ofrecerlas a un oscuro editor. Y al repasar sus sílabas exactas y traidoras me tienta el desaliento y la pereza. ¿Dónde ocultan la vida que guardé en su desván de sombras, dónde esconden esa pasión que me obligó a trazarlas? No hallo en ellas respuesta, y en su espejo sólo descubro el rostro de un extraño. No hay luz en mis palabras, y a mis ojos carecen de belleza. ¿Por qué entonces obstinarse en su engaño, y para qué ofrecerlas ahora a los demás? ¿Quizá con la esperanza de ese lector futuro que imaginó Cernuda? Es hermoso su sueño, y el poema es también muy hermoso, pero yo me pregunto, descreído, si puede mi lectura, con su fervor de hoy, entregarle a aquel hombre una dicha que escribió no sentir; si yo mereceré ese incierto lector; y de qué extraña forma los versos y la vida que sentimos frustrados sabrán cumplirse un día en los ojos de otros.

La luz de otra manera.

Me dices que es absurdo el universo, que la vida carece de sentido. Pero no es un sentido lo que busco, cualquier explicación o una promesa, sino el estar aquí y a la deriva: una simple botella que en la playa aguarda la marea. Sí, la palabra justa es abandono: una dulce renuncia que me nombra señor y dueño al fin de mi camino. Queden hoy para otros los afanes del mundo, y que mi mundo sea la magia de esta casa tomada en su quietud por la penumbra, saber que nadie llegará a interrumpir mi tarde, que no habrá sobresaltos, ni voces, ni horas fijas, porque ahora es tan sólo transcurrir mi gran tarea.