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Nochevieja.

Miras arder lo que ha quedado en pie del último sendero: la luna llena de otro enero sobre la piel de tu pasado, un mar que olvidas y ha olvidado en su esplendor tu verdadero rostro, la luz que fue primero verbo y temblor en tu costado y que hoy dejas partir a solas, detrás del fuego. Hacia el poniente moja tu máscara un sol frío. Ya en ti la noche alza sus olas mansas. La oyes indiferente abrir el fuego y tu vacío.

Preludio y fuga.

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La casa ha recogido sus ruidos cotidianos en sí misma. Solamente los libros y los grillos hablan las lenguas de la noche. Nada interrumpe la calma insular de este escritorio para oír la pulsación de la tormenta. Hace horas la escucho golpear en los cristales, agazaparse contra el muro de la noche para caer desde lo alto repentina con el diáfano estruendo de los rayos. La ciudad toda se moja y en tinieblas como el mar murmura el viento. De lejos me llega una tenue melodía: alguien canta replegado quizá en alguna esquina o tras el húmedo rumor de una ventana; entre la bruma la voz pulsa en su propia soledad la mía.

Aquel ahora.

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Las posibilidades de volverte a encontrar eran remotas. Una entre un billón. Y habiendo infinitos lugares dispersos por los números de un cálculo improbable, quién imaginaría que te iba a ver en esa cantina, transformándote en luz de aquel entonces feliz, o eso quisieron creer años atrás aquellos dos que fuimos. Estabas allí, tú de pronto y sin aviso previo, con una tímida sonrisa, recargada en el hombro de un tipo de aspecto deleznable que podría haber sido yo. No reconociste mi rostro entre la gente del bar. Aunque tal vez, supongo, pretendías saber adónde y cuándo miraste mis facciones, en qué sitio más joven hiciste un alto, bajo qué extrañas circunstancias coincidiste con alguien que se me parecía de lejos. Pero no recordaste, si acaso lo intentabas, a quien le prometiste un sueño que no ibas a cumplir, cuando nos despedimos tras una ventanilla. De vuelta en este ahora, tu cara era la misma donde vi el resplandor del ángelus y el tacto de un crepúsculo gris y ...