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Mostrando las entradas etiquetadas como jorge teillier

ENTRE UNA Y OTRA OSCURIDAD.

Estas palabras quieren ser un puñado de cerezas -un susurro - ¿para quién?- entre una y otra oscuridad. Sí, un puñado de cerezas, un susurro - ¿para quién? -entre una y otra oscuridad.

¿Qué historia es ésta y cuál es su final?

Qué historia es ésta y cuál es su final? Ya no quiero ser más vendedor de palabras. Ya mi cabeza está demasiado aturdida y mi canción es sólo un montón de hojas muertas.   Me da lo mismo la ciudad que el campo. Trataré de olvidar los poemas y los libros abrigaré mi cuello con una vieja bufanda y me echaré un pan en el bolsillo.   Oleré a mal vino y suciedad enturbiando los limpios mediodías. Y me haré el tonto a propósito de todo.   Y sin tener necesidad de triunfar o fracasar trataré que la escarcha cubra mi pasado porque no puedo sino hacer estupideces seguir caminando en estos tiempos.

Los conjuros.

Los temerosos de los brujos vecinos lanzan puñados de sal al fuego cuando pasan las aves agoreras. Mis amigos buscadores de entierros en sueños hallan monedas de oro. Los despierta el jinete del rayo cayendo hecho llamas entre ellos. Medianoche de San Juan. Las higueras se visten para la fiesta. Eco de gemidos de animales hundidos hace milenios en los pantanos. Los chimalenes reúnen las ovejas que huyeron del corral. Aúllan los perros en casa del avaro que quiere pactar con el diablo. Ya no reconozco mi casa. En ella caen luces de estrellas en ruinas Como puñados de tierra en una fosa. Mi amiga vela frente a un espejo: espera allí la llegada del desconocido anunciado por las sombras más largas del año. Al alba, anidan lechuzas en las higueras de luto. En los rescoldos amanecen huellas de manos de brujos. Despierto teniendo en mis manos hierbas y tierra de un lugar donde nunca estuve.

Melusina.

Infiel como el ala de los pájaros infieles tú siempre serás mía: los eucaliptus sangraban, un caballo ciego fue a agonizar entre los rieles porque no quería ver el fin de nuestro amor mientras se marchitaban los dedales de oro sembrados por un loco. Tú siempre serás mía. Infiel como el ala de los pájaros infieles.

Cuando yo no era poeta.

Cuando yo no era poeta por broma dije era poeta aunque no había escrito un solo verso pero admiraba el sombrero alón del poeta del pueblo. Una mañana me encontré en la calle con mi vecina. Me preguntó si yo era poeta. Ella tenía catorce años. La primera vez que hablé con ella llevaba un ramo de ilusiones. La segunda vez una anémona en el pelo. La tercera vez un gladiolo entre los labios. La cuarta vez no llevaba ninguna flor y le pregunté el significado de eso a las flores de la plaza que no supieron responderme ni tampoco mi profesora de botánica. Ella había traducido para mí poemas de Christian Morgenstern. A mí no se me ocurrió darle nada en cambio. La vida era para mi muy dura. No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.   Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44. Eso me daba ...

En la secreta casa de la noche.

Cuando ella y yo nos ocultamos en la secreta casa de la noche a la hora en que los pescadores furtivos reparan sus redes tras los matorrales, aunque todas las estrellas cayeran yo no tendría ningún deseo que pedirles. Y no importa que el viento olvide mi nombre y pase dando gritos burlones como un campesino ebrio que vuelve de la feria, porque ella y yo estamos ocultos en la secreta casa de la noche. Ella pasea por mi cuarto como la sombra desnuda de los manzanos en el muro, y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua para una fiesta de ángeles perdidos. El temporal del último tren pasa remeciendo las casas de madera. Las madres cierran todas las puertas y los pescadores furtivos van a repletar sus redes mientras ella y yo nos ocultamos en la secreta casa de la noche.

Cuando en la tarde aparezco en los espejos.

Cuando en la tarde aparezco en los espejos cuando yo y la tarde queríamos unirnos tristemente nos despedimos tristemente nos hablamos en el espejo que disuelve las imágenes. Quién soy entonces, quizás por un momento de verdad soy yo que me encuentro, quién soy yo sino nadie alguien que quisiera pasarse los días como un solo domingo. Mirando los últimos reflejos del sol en los vidrios mirando a un anciano que da de comer a las palomas y a los evangélicos que predican el fin del mundo. Cuando en la tarde no soy nadie. entonces las cosas me reconocen soy de nuevo pequeño soy quien debiera ser y la niebla borra la cara de los relojes en los campanarios.

Andenes.

Te gusta llegar a la estación cuando el reloj de pared tictaquea, tictaquea en la oficina del jefe-estación. Cuando la tarde cierra sus párpados de viajera fatigada y los rieles ya se pierden bajo el hollín de la oscuridad. Te gusta quedarte en la estación desierta cuando no puedes abolir la memoria, como las nubes de vapor los contornos de las locomotoras, y te gusta ver pasar al viento que silba como un vagabundo aburrido de caminar sobre los rieles. Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste, el pueblo donde querías llegar como el niño el día de su cumpleaños y los viajes de vuelta de vacaciones cuando eras -para los parientes que te esperaban -sólo un alumno fracasado con olor a cerveza. Tictaqueo del reloj. El jefe-estación juega un solitario. El reloj sigue diciendo que la noche es el único tren que puede llegar a este pueblo, y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo mientras el hollín de la oscuridad hace desap...

Botella al mar.

Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes. Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados. Es para la niña que nadie saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.