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La primera tristeza ha llegado.

La primera tristeza ha llegado. Tus ojos fueron indiferentes a los míos. Tus manos no estrecharon mis manos. Yo te besé y tu rostro era la piedra seca de las alturas vírgenes. Tus labios encerraron en su prisión inútil mi primera amargura. En vano tu cabeza puse en mi hombro y en vano besé tus ojos. Eras el oasis cruel que envenenó sus aguas y enloqueció a la sed. Y se fue levantando del horizonte una nube. Su tez morena voló a color. De nuevo fue oscureciendo el tono de los días de antes. yo abandoné tu rostro y mis manos ausentaron las tuyas. Mi voz se hizo silencio. Era el silencio horrible de los frutos podridos. Oí que en mi garganta tropezó la derrota con las piedras fatales. Yo me cubrí los ojos para no ver las lágrimas que huían hacia mí. Luego tú me besaste, dijiste algo. Yo oía llorar mis propias lágrimas en el primer silencio de la primera tristeza. El alma  de ese día llegó de lejos -tu alma- y se quedó en mi pecho.

Mi voluntad de ser no tiene cielo.

Mi voluntad de ser no tiene cielo; duerme hacia abajo y sin mirada. ¿Luz de la tarde o de la madrugada? Mi voluntad de ser no tiene cielo. Ni la penumbra de un hermoso duelo ennoblece mi carne afortunada. Vida de estatua, muerte inhabitada sin la jardinería de un anhelo. Un dormir sin soñar calla y sombrea el prodigioso imperio de mis ojos reducido a los grises de una aldea. Sin la ausencia presente de un pañuelo se van los días en pobres manojos. Mi voluntad de ser no tiene cielo.

En una de esas tardes.

En una de esas tardes, sin más pintura que la de mis ojos, te desnudé, y el viaje de mis manos y mis labios  llenó todo tu cuerpo de sortilegios. Aquel mundo amanecido por la tarde,  con tantos episodios sin historias, silenciosamente abanderado  por pueblos de ansiedades. Entre tu ombligo y sus alrededores  sonreían los ojos de mis labios y tu cadera, esfera en dos mitades,  alegró los momentos de agonía en que mi vida huyó para tu vida. Estamos tan presentes, que el pasado no cuenta sin ser visto. No somos lo escondido, en el torrente de la vida estamos. Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí  toda el agua que va rumbo a tus manantiales. Tu nombre, tu alegría…  Nadie lo sabe; ni tú misma a solas.

¿Qué harás?

¿En que momento tus ojos pensarán en mis caricias? ¿Y frente a cuales cosas, de repente, dejarás, en silencio, una sonrisa? Y si en la calle hallas mi boca triste en otra gente, ¿la seguirás? ¿Qué harás si en los comercios algo de mi encuentras? ¿Qué harás? ¿Y si en el campo un grupo de palmeras o un grupo de figuras vieras?...................... . (Las estrofas brillan en sus aventuras de desnudas imágenes primeras.) ¿Habrá en tu corazón el buen latido? ¿Cómo será el acento de tu paso? Traes el perfume predilecto. Lo beso y lo aspiro. En el rápido drama de un suspiro. Los versos tienen ya los ojos fijos. De las manos caen papel y lápiz. Infinito es el recuerdo. Se oyen en el campo las cosas de la noche. -Una vez te hallé en el tranvía y no me viste. -Atravesando un bosque ambos lloramos. -Hay dos sitios malditos en la ciudad. -...Y yo creí morirme mirándote llorar. Yo soy... Y me sacude el viento. ¿Qué harás?