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Rubaiyat.

Anoche, en un arrebato, después de vaciar mi vino, en las piedras del camino rompí mi copa, insensato. Era la embriaguez, por cierto, la que tal acto inspiró: Mas lo que la copa habló me dejó de asombro yerto: -«De tu misma esencia fui y tú de mi esencia fuiste; lo que tú de mí hiciste el destino hará de ti».

Mi interrogante.

¡Oh, pobrecita alma mía! Si el llorar y el disolverte hasta la sangre y la muerte es tu condena sombría; si el alba de cada día te trae un nuevo tormento, dime, alma, tu pensamiento: ¿Qué has venido a hacer aquí, si no has de vivir en mí más que el lapso de un momento?

Sed inextinguible.

Mi amor está en la cima de su llama, mi amada en el zenit de su hermosura, mi corazón desborda de ternura y ebrio de inspiración mi mente inflama. Siento en mi alma desbordar los ríos de mis palabras y de mis canciones, y al querer modular sus expresiones, mudos siento temblar los labios míos. ¿Qué extraño caos en mí impera? Mientras por mí en rïente primavera fresca surgente de agua viva pasa, mas me consume de la sed la brasa.

El más fuerte.

He visto un hombre que al huir del mundo halló su paz en tierra desolada: no fué un hereje ni un muzlim profundo, no tuvo bienes ni creencia en nada, ni en verdades, ni en dudas, ni en la muerte. ¿Quién en el mundo pudo ser más fuerte?

La copa viva.

Hoy ella vió del alfarero mago de vasos la magnífica teoría, de toda forma y toda edad, y había en todos ellos un misterio vago. Su emoción al sentir, dijo el artista: -«Todos fuimos arcilla y éstos fueron reyes, poetas y amantes que murieron legando al sutil polvo su conquista». «EI espíritu, el vino de la tierra, busca en cada vasija al propio dueño, queriendo ansioso revivir su ensueño al contacto del vaso que lo encierra». «Mira, toma esta copa, ya palpita al verte aproximar; no espere en vano el beso de tu boca o de tu mano, que un muerto amor por renacer se agita». Y al acercar su labio, con su aliento cobró vida el espíritu dormido; una palabra murmuró a su oído, y eran su misma voz, su mismo acento. ¡Ay! y el viejo, un vivo muerto, canta el milagro de aquel muerto vivo, y se marcha en silencio, pensativo, a contar sus tristezas al desierto.