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Remanencia.

¿Qué te hace sufrir? Como si se despertara en la casa sin ruido  el ascendiente de un rostro al que parecía haber fijado un agrio espejo. Como si, bajadas la alta lámpara y su resplandor encima de un plato ciego, levantaras hacia tu garganta oprimida la mesa antigua con sus frutos. Como si revivieras tus fugas entre la bruma matinal al encuentro de la rebelión tan querida, que supo socorrerte y alzarte mejor que cualquier ternura. Como si condenases, mientras tu amor está dormido, el pórtico soberano y el camino que lleva a él. ¿Qué te hace sufrir? Lo irreal intacto en lo real devastado. Sus rodeos aventurados cercados de llamadas y de sangre. Lo que fue elegido y no fue tocado, la orilla del salto hasta la ribera alcanzada, el presente irreflexivo que desaparece. Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.  

Poema nocturno.

No hay nada que temer,  es sólo el viento  que ahora sopla hacia el este, es sólo  tu padre..........el trueno  tu madre..........la lluvia  En este país de agua  con su luna ocre y húmeda como un champiñón,  sus muñones ahogados y sus pájaros largos  que nadan, donde crece el musgo  por todo el tronco de los árboles  y tu sombra no es tu sombra  sino un reflejo,  tus padres verdaderos desaparecen  al bajar la cortina  y quedamos los otros,  los sumergidos del lago  con nuestras cabezas de oscuridad  de pie ahora y en silencio junto a tu cama...  Venimos a arroparte  con lana roja,  con nuestras lágrimas y susurros distantes.  Te meces en los brazos de la lluvia,  el arca fría de tu sueño,  mientras aguardamos, tu padre  y madre nocturnos,  con las manos heladas y una linterna muerta,  sabiendo que somos solamente  las sombras...

Tortura.

¿Qué transcurre en las pausas de esta conversación sobre el libre albedrío, la política y la necesidad de la pasión? Pienso en la mujer que no mataron sólo le cosieron el rostro, le cerraron la boca hasta dejársela del tamaño de un orificio para pajitas y luego la devolvieron a la calle como un símbolo mudo. No importa dónde pasó ni porqué. Tampoco importa qué bando lo hizo. Son cosas que se hacen en cuanto hay bandos. Tampoco sé si hay hombres buenos que viven su vida  a causa de esta mujer o a pesar de ella, pero semejante poder no es abstracto, ni se refiere a la política y al libre albedrío va más allá de los eslóganes. En cuanto a la pasión,  esto es su opuesto, el cuchillo que arranca a los amantes de tu piel como tumores, dejándote sin pechos y sin nombre, aplanada, sin sangre, con la voz cauterizada por el exceso de dolor, cuerpo desollado fibra a fibra y colgado del muro, pancarta agonizante y expuesta por los mismos que despliegan band...

Orfeo.

Sabiendo lo que sabe del horror de este mundo, ¿seguirá cantando? No se dedicó únicamente  a pasear los prados: bajó con los que no tienen boca, los que no tienen dedos, los de nombres prohibidos, los cuerpos devorados en guijarros grises de una costa desierta que todos temen,  con los dueños del silencio El, que quiso inútilmente resucitar a la amada con su canto, seguirá allí,  en el estadio lleno de los muertos que elevarán sus rostros sin ojos para escucharle, mientras crecen  las flores y revientan, rojas, contra los muros. Le habrán cortado las manos y pronto desgajarán su cabeza del cuerpo  en un estallido de rechazo furioso: y aunque lo sabe proseguirá su canto de alabanza porque cantar es alabanza o desafío.  Y toda alabanza es desafío.

Orfeo.

Delante mío caminabas, atrayéndome hacia la verde luz que alguna vez me asesinó con sus colmillos. Insensible te seguí, como un brazo dormido y obediente pero no fui yo quien quiso volver al tiempo Había llegado a amar el silencio, pero mi antiguo nombre era una cuerda o un susurro tendido entre nosotros. Y estaba tu amor, las viejas riendas de tu amor, tu voz corpórea... Ante tus ojos mantenías  la imagen de tu deseo, que era yo, viva otra vez. Y por esta esperanza tuya continué, y así fui tu alucinación, floral y oyente tú me creabas al cantarme y una piel nueva me crecía en mi otro cuerpo, envuelto en niebla, y tenía ya sed, y manos sucias, y veía ya, perfilados contra la boca de la gruta, el perfil de tu cabeza y de tus hombros cuando te diste vuelta para llamarme y me perdiste... Así que no llegué a ver tu rostro, sólo un ovalo oscuro, y a pesar de sentir todo el dolor de tu derrota, debí rendirme, como se rinden las mariposas de la noche. ...

Vosotras, palabras.

¡Vosotras, palabras, levantaos, seguidme! y aunque ya estemos lejos, demasiado lejos, nos alejaremos una vez más, hacia ningún final. No aclara. La palabra sólo arrastrará otras palabras, la frase otras frases. El mundo así quiere, definitivamente, imponerse, quiere estar dicho ya. No la digáis. Palabras, seguidme, ¡que no se vuelva definitiva –esta ansia del verbo y dicho y contradicho! Dejad ahora un rato que ninguno de los sentimientos hable, que el músculo corazón se ejercite de manera diferente. Dejad, digo, dejad. Nada, digo yo, susurrado al oído supremo, que sobre la muerte no se te ocurra nada, deja y sígueme, ni dulce ni amargo, ni consolador, no significativamente sin consuelo tampoco sin signos– Y sobre todo, no eso: la imagen en el tejido de polvo, el retumbar vacío de sílabas, palabras de agonía. ¡Sin decir nada, vosotras, palabras!

Cuando retumban los cascos de la noche.

Cuando retumban frente a mi portal los cascos de la noche,  caballo negro,  tiembla, como antaño, mi corazón, y me ofrece en el vuelo   la montura,  roja como el cabestro que Diomedes me prestó.  Dominante me precede el viento en la calle oscura  partiendo la negra melena de árboles dormidos  y los frutos, húmedos de luz de luna,  saltan asustados sobre hombro y espada,  entonces arrojo  el látigo sobre una estrella apagada.  Una sola vez detengo la carrera, para besar  tus labios    infieles;  ya se enreda tu cabello en las riendas,  y tu zapato deja surcos en el polvo.  Y aún escucho tu aliento  y la palabra con que me golpeaste.