Entradas

Que los ruidos te perforen los dientes.

Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas.   Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato.   Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a posternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un madero.   Que cuando quieras decir: "Mi amor", digas: "Pescado frito"; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas.   Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa.   Que tu familia se divierta en ...

El pesa nervios.

He sentido de verdad que rompíais la atmósfera a mi alrededor, que hacíais el vacío para permitirme avanzar, para dar el lugar de un espacio imposible a lo que en mí estaba aún sólo en potencia, a toda una germinación virtual y que debía nacer atraída por el lugar que se le ofrecía. Me he colocado a menudo en ese estado de absurdo imposible, para tratar de hacer nacer en mí el pensamiento. Somos unos pocos en esta época empeñados en atentar contra las cosas, en crear en nosotros espacios para la vida, espacios que no estaban y no parecían tener que encontrar un sitio en el espacio. Es necesario que se comprenda que toda la inteligencia no es más que una amplia eventualidad, y se la puede perder no ya como el demente que está muerto, mas como el ser viviente que está en la vida y que siente sobre sí la atracción y el soplo (de la inteligencia, no de la vida). Las titilaciones de la inteligencia y ese brusco trastocamiento de las partes. Las palabras a mitad de camino de la inte...

El ombligo de los limbo.

Hay una angustia ácida y turbia, tan potente como un cuchillo, una angustia de relámpagos, como chinches, como piojos duros, cuyos movimientos están congelados, una angustia donde el espíritu se estrangula y se corta a sí mismo -se mata. No consume nada que no le pertenezca, nace de su propia asfixia. Es una congelación hasta la médula, una ausencia de fuego mental, una carencia de circulación de la vida. Pero la angustia opiácea tiene otro color, no tiene esa caída metafísica. La imagino llena de ecos y de cuevas, de laberintos, de retornos; llena de lenguas de fuego parlantes, de ojos mentales en acción y del chasquido de un sombrío rayo, pleno de razón. Pero entonces imagino bien centrada al alma, y siempre en el infinito divisible, y transportable como algo que es. Imagino al alma sensible, que a la vez lucha y consiente y hace girar sus lenguas en todos los sentidos, multiplica su sexo -y se mata. Es necesario conocer la verdadera nada deshilada, la nada que no tiene ya ...

Salvación.

Se fuga la isla Y la muchacha vuelve a escalar el viento y a descubrir la muerte del pájaro profeta Ahora es el fuego sometido Ahora es la carne la hoja la piedra perdidos en la fuente del tormento como el navegante en el horror de la civilización que purifica la caída de la noche Ahora la muchacha halla la máscara del infinito y rompe el muro de la poesía.

REFLEXION.

Estoy inquieto de esta desobediencia de la razón en donde las tertulias crecen a su antojo apoderándose de cada recoveco, purgando las telarañas inertes cual jeroglífico absurdo de palabras que gozan ensimismadas de su mutación. Llegadas del inframundo, huéspedas miserables y erráticas que conjuran fidelidad eterna a esta roca fraguada de trenzados pasillos e ideas mezquinas. Catapultándome fuera de estas mazmorras, que se me antojan son las voluptuosidades, para espiar regueros gangrenados por su estúpido olvido.                                                                                                                                       ...

La niña y la mariposa.

(fragmentos) Va una mariposa bella volando de rosa en rosa, y de una en otra afanosa corre una niña tras ella. Su curso, alegre y festiva, sigue con pueril afán, y con airoso ademán la mariposa se esquiva. A veces con loco intento quiere hacer presa en sus galas, y, en vez de tocar sus alas, toca las alas del viento. Y su empeño duplicando, cuanto más corre afanosa, más leda la mariposa va su inocencia burlando. La ciñe en rápido giro, y al ir a cogerla esbelta, por cada vez que se suelta, suelta la niña un suspiro. Mas, sin ceder en su anhelo, presta una, y la otra ligera, ni una acorta su carrera, ni la otra amaina su vuelo. Y vagan embebecidas, sin sentir indiferentes ni el són de las claras fuentes, ni el de las auras perdidas. Ni los pájaros que espantan, entre las ramas divisan, ni ven las flores que pisan, ni oyen las aves que cantan. Y mientras estas cantando siguen con plácido estruendo, la niña sigue corriendo, la mariposa volando. (....) ...

El reino de los beodos.

Tuvo un reino una vez tantos beodos, que se puede decir que lo eran todos, en el cual por ley justa se previno: -Ninguno cate el vino.- Con júbilo el mas loco aplaudióse la ley, por costar póco: acatarla después, ya es otro paso; pero en fin, es el caso que la dieron un sesgo muy distinto, creyendo que vedaba sólo el tinto, y del modo más franco se achisparon después con vino blanco. Extrañado que el pueblo no la entienda. El Senado a la ley pone una enmienda, y a aquello de: Ninguno cate el vino, añadió, blanco, al parecer, con tino. Respetando la enmienda el populacho, volvió con vino tinto a estar borracho, creyendo por instinto ¡mas qué instinto! que el privado en tal caso no era el tinto. Corrido ya el Senado, en la segunda enmienda, de contado -Ninguno cate el vino, sea blanco, sea tinto,- les previno; y el pueblo, por salir del nuevo atranco, con vino tinto entonces mezcló el blanco; hallando otra evasión de esta manera, pues ni blanco ni tinto entonces era. Tercera vez bu...