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Heladas por el presente.

Soy una mujer que se alejó del mar. El pequeño fin, como dije. Ponerse la toalla, el pequeño trozo de pared, pon la mano y échate sobre mí, un poco lejos, el pecho es piedra. Sobre mí deja la cal un rastro de tres dedos, debió apretar más con el pulgar que con el índice. Luego esa porquería de libro y la camarera que nos trajo la bandeja oxidada el amor no cabe en fuente alguna tumbas tierra adentro ondulaciones de tierra raíces secas brotes de ramas retorcida hiedra tierra adentro la mano, la cal, la bandeja, la camarera, el mar.

Tú crees en el ron del café, en los presagios.

Tú crees en el ron del café, en los presagios, y crees en el juego; yo no creo más que en tus ojos azulados. Tú crees en los cuentos de hadas, en los días nefastos y en los sueños; yo creo solamente en tus bellas mentiras. Tú crees en un vago y quimérico Dios, o en un santo especial, y, para curar males, en alguna oración. Mas yo creo en las horas azules y rosadas que tú a mí me procuras y en voluptuosidades de hermosas noches blancas.   Y tan profunda es mi fe y tanto eres para mí, que en todo lo que yo creo sólo vivo para ti.

Una carta de mujer.

Te escribo, aunque ya sé que ninguna mujer debe escribir; lo hago, para que lejos en mi alma puedas leer cómo al partir. No he de trazar un signo que en ti mejor grabado no exista ya. De quien se ama, el vocablo cien veces pronunciado nuevo será. La dicha sea contigo; yo sólo he de esperar, y aunque distante, yo me siento ir a ti para ver y escuchar tu paso errante. ¡ Jamás la golondrina al cruzar el sendero pueda apartarte ! Será mi fiel cariño que pasará ligero para rozarte… Tú te vas, como todo se va… Su éxodo emprenden la luz, la flor; el estío te sigue; las tormentas sorprenden mi triste amor. De esperanza y zozobra suspira mientras tanto el que no ve… Repartámoslo bien: a mí me queda el llanto, a ti la fe. Yo no quiero que sufras, que está muy arraigado mi amor por ti. Quien desea dolores para el ser adorado guarda odio a sí. ¡Cuán divino es! Mas, esperad.

Dame, llama invisible, espada fría.

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Dame, llama invisible, espada fría, tu persistente cólera, para acabar con todo, oh mundo seco, oh mundo desangrado, para acabar con todo. Arde, sombrío, arde sin llamas, apagado y ardiente, ceniza y piedra viva, desierto sin orillas. Arde en el vasto cielo, laja y nube, bajo la ciega luz que se desploma entre estériles peñas. Arde en la soledad que nos deshace, tierra de piedra ardiente, de raíces heladas y sedientas. Arde, furor oculto, ceniza que enloquece, arde invisible, arde como el mar impotente engendra nubes, olas como el rencor y espumas pétreas. Entre mis huesos delirantes, arde; arde dentro del aire hueco, horno invisible y puro; arde como arde el tiempo, como camina el tiempo entre la muerte, con sus mismas pisadas y su aliento; arde como la soledad que te devora, arde en ti mismo, ardor sin llama, soledad sin imagen, sed sin labios. Para acabar con todo, oh mundo seco, para acabar con todo.

Bajo tu clara sombra.

Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo un cuerpo como día derramado y noche devorada; la luz de unos cabellos que no apaciguan nunca la sombra de mi tacto; una garganta, un vientre que amanece como el mar que se enciende cuando toca la frente de la aurora; unos tobillos, puentes del verano; unos muslos nocturnos que se hunden en la música verde de la tarde; un pecho que se alza y arrasa las espumas; un cuello, sólo un cuello, unas manos tan sólo, unas palabras lentas que descienden como arena caída en otra arena....   Esto que se me escapa, agua y delicia obscura, mar naciendo o muriendo; estos labios y dientes, estos ojos hambrientos, me desnudan de mí y su furiosa gracia me levanta hasta los quietos cielos donde vibra el instante; la cima de los besos, la plenitud del mundo y de sus formas.

Cuerpo a la vista.

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Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron su cuerpo: tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar, tu boca y la blanca disciplina de tus dientes caníbales, prisioneros en llamas, tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada, sitios en donde el tiempo no transcurre, valles que sólo mis labios conocen, desfiladero de la una que asciende a tu garganta entre tus senos, cascada petrificada de la nuca, alta meseta de tu vientre, playa sin fin de tu costado. Tus ojos son los ojos fijos del tigre y un minutos después son los ojos húmedos del perro. Siempre hay abejas en tu pelo. Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos como las espalda del río a la luz del incendio. Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna, el viento sopla por mi boca y un largo quejido cubre con sus dos alas grises la noche de los cuerpos, como la sombra del águila la soledad del páramo. Las uñas de los ded...

Como quien oye llover.

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Óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída, pasos leves, llovizna, agua que es aire, aire que es tiempo, el día no acaba de irse, la noche no llega todavía, figuraciones de la niebla al doblar la esquina, figuraciones del tiempo en el recodo de esta pausa, óyeme como quien oye llover, sin oírme, oyendo lo que digo con los ojos abiertos hacia adentro, dormida con los cinco sentidos despiertos, llueve, pasos leves, rumor de sílabas, aire y agua, palabras que no pesan: lo que fuimos y somos, los días y los años, este instante, tiempo sin peso, pesadumbre enorme, óyeme como quien oye llover, relumbra el asfalto húmedo, el vaho se levanta y camina, la noche se abre y me mira, eres tú y tu talle de vaho, tú y tu cara de noche, tú y tu pelo, lento relámpago, cruzas la calle y entras en mi frente, pasos de agua sobre mis párpados, óyeme como quien oye llover, el asfalto relumbra, tú cruzas la calle, es la niebla errante en la noche, como quien oye llo...