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Epitafio en una encrucijada.

Cuando el mundo cerró su oscuridad sobre mí, llamé a dios, pero dios jamás vino hasta aquí. Entonces, agotando mi penoso destino llamé al amor, pero el amor nunca vino. Cuando la desdicha reunió todo mi sufrimiento, la muerte, fue la única en escuchar mi lamento.

De que nada se sabe.

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La luna ignora que es tranquila y clara y ni siquiera sabe que es la luna La arena, que es la arena no habrá una cosa que sepa que su forma es rara. Las piezas de marfil son tan ajenas al abstracto ajedrez como la mano que las rige. Quizá el destino humano de breves dichas y de largas penas es instrumento de otro. Lo ignoramos darle nombre de Dios no nos ayuda. Vanos también son el temor, la duda y la trunca plegaria que iniciamos. ¿Qué arco habrá arrojado esta saeta que soy? ¿Qué cumbre puede ser la meta?

Soñé contigo esta noche.

  Soñé contigo esta noche: Te desfallecías de mil maneras y murmurabas tantas cosas... Y yo, así como se saborea una fruta te besaba con toda la boca un poco por todas partes, monte, valle, llanura. Era de una elasticidad, de un resorte verdaderamente admirable: Dios... ¡Qué aliento y qué cintura! Y tú, querida, por tu parte, Qué cintura, qué aliento y Qué elasticidad de gacela... Al despertar fue, en tus brazos, pero más aguda y más perfecta, ¡ exactamente la misma fiesta !.

Mi sueño.

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Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante de una mujer ignota que adoro y que me adora, que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora y que las huellas sigue de mi existencia errante. Se vuelve transparente mi corazón sangrante para ella, que comprende lo que mi mente añora; ella me enjuga el llanto del alma cuando llora y lo perdona todo con su sonrisa amante. ¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro. ¿Su nombre? Lo imagino por lo blando y sonoro, el de virgen de aquellas que adorando murieron. Como el de las estatuas es su mirar de suave y tienen los acordes de su voz, lenta y grave, un eco de las voces queridas que se fueron...

Angustia.

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Yo no vengo esta noche para vencer tu cuerpo, en el que están los pecados de un pueblo ni para, en tu impuro cabello, alzar tormenta bajo el fastidio incurable que destilan mis besos. Pido a tu lecho el pesado sueño sin fantasmas deslizándose a través de las cortinas ignoradas del remordimiento, que tú puedes saborear después de tus negras mentiras. Tú que sobre la nada sabes más que los muertos. Pues el vicio, royendo mi nativa nobleza, me ha marcado, como a ti, con el sello de la esterilidad; mas en tanto que tu seno de piedra lo habita un corazón que la garra de ningún crimen hiere, yo huyo, pálido, deshecho, obsesionado por mi sudario, temiendo morir cuando duermo solo.

Buenas noches.

Entonces llegarás, imbécil papagayo, buscando el parpadeo de este espejo al que cubre un brillo de oro, resto del astro rubio extinto. Y verás una joya en el brillo de estaño. Llegarás a este hombre, a su débil reflejo sin calor… Pero, el día en que irradiaba fiebre, nada sentiste, tú que -en el atardecer- caes sobre ese rayo caído que ha dejado. A ti no te conoce, a ti, la consabida sombra que recostó en su cielo desnuda ¡Cuando era un Dios!... Todo eso -se acabó.- Cree -Pero él no tiene la mirada que atrae. Llora -Pero él no tiene esa cuerda que llora. Sus cantos… -Eran de otro; él no los ha leído.

La pipa del poeta.

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Soy nodriza de un poeta, su Pipa, y: duermo a su Bestia . Cuando sus tuertas quimeras se le agolpan en la frente, humeo… Y así no ve telarañas en su bóveda. … Le construyo un cielo, nubes, mar, desierto y espejismos; -Allí su ojo muerto yerra… Cree entre la nube densa, reconocer una sombra. -Siento que muerde mi tubo… -¡Libera otro torbellino su alma, su argolla, su vida! … siento que me apago. -Él duerme- -Duerme: se calmó la Bestia , Teje hasta el final tu sueño… ¡Querido!... el humo lo es todo, -Si es cierto que todo es humo…